24 Israel

En 1983 viajé a Israel con la intención de formar un consorcio entre nuestra empresa,
Koyaike, y la sociedad Solel Boneh, en ese momento la más grande constructora de Israel,
todo esto con el propósito de licitar la construcción de plantas de tratamiento de aguas
en Venezuela.
El día antes de viajar me operé de hemorroides, de modo que viajé con alguna
preocupación acerca de mi salud.
En mi escala en Nueva York aproveché de comprarme un maravilloso abrigo gris oscuro
que todavía disfruto y continué viaje a París y de París a Tel Aviv.
A la mañana siguiente, ya en Tel Aviv me levanté temprano y salí a trotar en la playa,
bastante repuesto de mi operación.
En la playa me resultaron sorprendentes el viento salvaje que hacía que algunos techos
volaran y el tamaño de las olas de un mar que yo imaginaba tranquilo.
Al día siguiente aparecí en primera página de los periódicos, trotando a orillas del mar.
Se decía que a pesar de esa tempestad de viento muy excepcional nos faltó la persona que
había salido a hacer ejercicio a orillas del mar. De modo que por la prensa me enteré de
qué el clima de Tel Aviv no es tan duro como me había tocado esa mañana de trotar tan
agradable e inocentemente a orillas del mar.
Mis primeros tres días en Tel Aviv fueron de negociaciones con los representantes de Solel
Boneh buscando suscribir un documento de Joint Venture para construir las plantas de
tratamiento de aguas en Venezuela.
En cada reunión había ocho a diez representantes de Solel Boneh, la mayor parte de ellos
abogados. Yo estaba solo discutiendo con ellos en inglés mientras trataba de aprender
hebreo con un librito en inglés que compré en una tienda del hotel en el que me
quedaba.
Lo que más me costó descubrir fue que en la escritura en hebreo las vocales son puntitos
que van dispuestos arriba de o entre las consonantes.
Una vez descubierto esto el aprendizaje se me facilitó bastante.
Me era muy grato estar aprendiendo hebreo mientras negociaba y trataba de alcanzar
acuerdos con los abogados de Solel Boneh.
El jueves de esa semana se cerró el acuerdo.
Durante esos dias hice buenas relaciones con Walter, ingeniero yugoslavo o serbio a quien
mis anfitriones confiaron la tarea de acompañarme a cenar y conocer las noches de Tel
Aviv y a quién me referiré más adelante con ocasión de su visita a Venezuela.
El viernes me levanté temprano y recorrí Jerusalén acompañado de Noemí, doctora en
historia que contraté para que me pudiera enseñar y explicar los secretos de esa
extraordinaria ciudad.
En la ciudad vieja visitamos un monte y bajamos largas escaleras hasta un río subterráneo
que permitió a David sobrevivir el sitio de que era objeto por parte de tropas extranjeras.
Según ella me contó, David soñó que se le aparecíó Dios y le dijo que bajo sus pies había
una fuente de agua que les permitiría sobrevivir el asedio de las tropas enemigas. David
y su gente bajaron casi cien metros por grietas que fueron abriendo en la tierra hasta que

llegaron al río subterráneo que un par de miles de años después, en la oportunidad de mi
visita, todavía corre bajo ese cerro caracterizado por su sequía más absoluta.
El viernes en la tarde mi historiadora tuvo que abandonarme porque debía cumplir tareas
de limpieza en su sinagoga.
Le pedí me recomendara qué ciudad conocer. Me sugirió Jericó, una de las más antiguas
de Israel y de las más importantes de la prehistoria occidental.
El viernes en la noche me dediqué a comer y beber.
El sábado a primera hora me fui en automóvil hasta Jericó.
Después de visitar esta antigua ciudad tomé camino hacia Ein Jedi.
Cuando lo recorría a alta velocidad, en medio del desierto conseguí a un sujeto que hacia
señas de que lo llevara. Me detuve a su lado. Preguntó hacia dónde vas. Le dije que a Ein
Jedi.
Contestó eres el hombre más afortunado de la tierra.
Le pregunté: como es posible que tú, de pié asándote en medio del desierto y pidiendo
ayuda, cuando alguien que por fin se detiene por ti, piensas que esa persona, y no tú, es
la más afortunada de la tierra.
Me contestó: es verdad que yo estoy parado en medio del desierto pidiendo ayuda, pero
tú vas a Ein Jedi y yo soy el fundador de Ein Jedi. Que llegues conmigo al kibutz que
quieres conocer supone para ti una extraordinaria ventaja.
Y así fue: tuve ocasión de llegar a Ein Jedi acompañado de uno de sus próceres lo que me
permitió conocer en detalle las características de este extraordinario Kibutz, las
dificultades que encaraban y la tremenda mentira que era el éxito que el gobierno de
Israel atribuía a los Kibbutz.
Reunido con su directorio me contaron que el gobierno de Israel subvenciona ese Kibutz
con alrededor de 2.300 millones de dólares anuales, lo que les permite funcionar y dar
alguna ayuda a otros Kibutz, pero que la verdadera situación tanto de éste que es el
mayor y más prestigioso de los Kibutz es que pierden dinero cada año, lo que evidencia
que los que Kibutz ni son viables ni mucho menos tienen el éxito comercial que el
gobierno de Israel les atribuye.
Ese día en Ein Jedi pude trabar amistad con Dror Sandalón, la persona que recogí en
medio del desierto y que venía de una clase de piano que había recibido en Tel Aviv.
Durante algunos años mantuve correspondencia con Dror, en esa época en que no había
correo electrónico.
Al despedirnos en la noche me recomendó no manejar por el desierto a tan alta velocidad
como observó que acostumrbo hacer porque dice que una vez que uno se sale de la
estrecha carretera al caer en arena es difícil poner de vuelta el vehículo sobre el asfalto.
También me dijo que en cualquier momento podía encontrar alguna patrulla israelí que
me diera el alto y que en caso que no me detuviera oportunamente correría el riesgo de
que me dispararan.
Durante el día que permanecí en el Kibbutz recorrimos prácticamente cada uno de todos
los caminitos y sendas de Ein Jedi.
En nuestras caminatas entre las muchas preciosas flores que vi me llamó especialmente la
atención una rosa.

Al despedirnos le dije a Dror que quería llevarme la rosa que había visto cuya belleza me
había impresionado profundamente.
Dándole señas sobre más o menos en qué área del Kibbutz la vi, finalmente la
encontramos y me la llevé en una caja de anime. La rosa soportó maravillosamente bien el
viaje. Una vez que llegué a mi departamento en La Lagunita, en Caracas, la puse en agua.
Ella se mantuvo con vida resplandeciente y maravillosa durante varias semanas.

Bethelehem
La noche del viernes abandoné Ein Jedi y corrí por el desierto a pesar de las
recomendaciones de Dror. Un par de veces me detuvieron patrullas israelitas y tuve la
suerte de detenerme antes de los límites que las patrullas probablemente habían puesto.
Después de una larga carrera, tal vez a las 11 o doce de la noche entré a gran velocidad
hasta pleno centro de Belén.
Cuando llegué a la plaza del pueblo para mi sorpresa se encendieron numerosas luces y
me vi inmediatamente rodeado por tres o cuatro vehículos fuertemente armados en cada
uno de los cuales había varios soldados, algunos de los cuales se acercaron hasta mi carro
y me hicieron bajar. Mi aspecto, tenida deportiva y barba larga, hombre cansado, era
como para que sospecharan de mí.
Cuando me preguntaron qué hacía a esa hora ahí les dije que estaba haciendo turismo:
que estaba interesado en conocer la ciudad de Belén.
Después de un breve interrogatorio se convencieron de que era cierto lo que yo les estaba
contando y gentilmente me dieron una vuelta por todo Belén montado en uno de esos
vehículos artillados con lo que ellos patrullaban la ciudad. Fue una experiencia turística
inolvidable.

Esa noche dormí en Jerusalem y temprano la mañana siguiente me fui a Tel Aviv a recoger
las cosas que había dejado en el hotel en Tel Aviv porque no había tenido tiempo de hacer
check out en ese hotel de modo que esta mañana hice el check Out en un hotel en Tel
Aviv y en otro en Jerusalén y me fui al aeropuerto para embarcarme hacia París.
Lo que nunca sospeché es que los policías del aeropuerto desconfiarían tanto de mi.

Cuando iba a pasar la maleta por el sistema de rayos X un policía me detuvo y empezó a
interrogarme acerca de dónde había estado las últimas horas, que había hecho, qué me
había traído hasta Israel.
Entonces yo le conté de los muchos lugares en que había estado en las últimas horas, de
los dos hoteles de los cuales había chequeado salida esa madrugada y que el propósito de
mi visita había sido suscribir un consorcio con Solel Boneh empresa que probablemente a
ellos les resultaba conocida. Dado que mi aspecto de terrorista era poco compatible con la
historia que les contaba, sobre todo en sus aspectos empresariales, me dijeron que
necesitaban seguir interrogándome.
Les propuse abrir la maleta y sacar de su interior el texto que se había firmado con Solel
Bonh, lo que podría despejar de inmediato cualquier duda que ellos tuvieran acerca de la
naturaleza de mi visita.

Al primer ademán que hice de abrir la maleta el policía que me atendía y dos o tres más
que se acercaron a medida que pasaba el tiempo sin que me permitieran avanzar y
continuar viaje me impidieron absolutamente abrir la maleta, lo que les producía un
evidente temor.
Después de mucho rato llamaron a un superior que me interrogó y a quien tuve que
repetirle todas mis circunstancias.
Este sujeto tampoco creyó ni una palabra de lo que yo le decía y tampoco me permitió
abrir la maleta para mostrarles que efectivamente había estado en los hoteles donde le
dije que había estado y que había suscrito con Solel Boneh el acuerdo de consorcio al que
yo me refería.
Después de mucho rato y ya muy retrasado el vuelo del avión, el jefe de los policías me
propuso que fuéramos hasta el estacionamiento del aeropuerto y que abriéramos allá la
maleta.
Caminamos con la maleta bastante rato hasta que al jefe le pareció que era una zona
suficientemente segura como para abrirla y ahí, en medio de su manifiesto terror, la abrí,
saqué de ella los documentos que demostraban la naturaleza empresarial de mi viaje y
después de eso todo se hizo extremadamente sencillo, me permitieron subir al avión y así
pude regresar a París.

Un par de años después, estando en Caracas recibí una llamada de Walter, el a todas luces
fogueado amigo que me había acompañado durante las noches tras los días de
negociaciones con la gente de Solel Boneh, en Tel Aviv.
Walter me informó que estaba viajando a Venezuela acompañado del contralor general
del grupo y que les interesaba encontrar las mujeres más hermosas y generosas que
pudiera ofrecer Caracas.
Como lamentablemente yo nunca he frecuentado sitios donde hermosas chicas ofrecen
sus servicios y como habitualmente mis negocios me han hecho comprender las ventajas
de asesorarse bien, llamé a una reunión al ingeniero más puto de nuestra empresa y a un
par de asesores externos cuya inmoralidad y vida disipada era de todos conocida.
Una vez reunidos en mi oficina les hice ver que tenía esta visita de Israel y que era mi
deseo llevarlos al lugar más apropiado para atender las expectativas de mi amigo y del
algo ejecutivo que lo acompañaba.
Después de una larga discusión en la que se mencionaron los más diversos lugares
ninguno de los cuales me era conocido, finalmente llegamos a la conclusión de que el
lugar más adecuado era el Morrison, donde según concordaban mis asesores se pueden
conseguir las chicas más bellas que uno pueda imaginar.
Finalmente los israelitas aparecieron por Caracas y la primera noche después de su llegada
fui al Morrison con Walter y su acompañante, un señor bajito a todas luces tranquilo y
escasamente bullicioso.
Apenas entramos al maravilloso lugar salió una colombiana no tan joven a recibirnos. Le
hicimos saber nuestro interés en conocer algunas chicas que pudieran ser amables con
nosotros.

La colombiana inmediatamente captó que tanto por el lado de Walter como por mi parte
no habría negocio interesante, pero que el jefe de Walter sería un maravilloso candidato a
llenar las expectativas que lugar tiene con respecto a sus clientes.
La verdad es que la colombiana jamás pudo imaginar cuan buen cliente sería el contralor
general del grupo.
Con Walter nos quedamos una hora o dos acompañando al contralor, quien estaba
rodeado de las mujeres más preciosas elegantes y distinguidas que uno pudiera imaginar.
Al cabo de ese lapso le manifestamos al contralor nuestro plan de retirarnos y él dijo que
él permanecería durante más tiempo en las notables instalaciones del Morrison.
Casi al final de la mañana siguiente Walter me llamó para comentarme que el contralor
estaba instalado en la piscina del hotel Tamanaco donde ambos se están quedando y que
está en compañía de la chica que más le gustó de las varias que lo acompañaban la noche
anterior, todo lo cual a Walter y a mi igual nos pareció comprensible y no pensamos que
pudiera constituir augurio de un problema mayor.
Al día siguiente el contralor seguía con su muchacha en la piscina y Walter ya estaba
francamente asustado.
Lo menos estúpido que se nos ocurrió fue ir al Morrison a buscar a la colombiana que
parecía ser jefa de las muchachas y llevarla al hotel Tamanaco para ver si ella podía
conseguir que la belleza que había seducido al contralor pudiera retirarse de la escena.
Desde la piscina con la más preciosa sonrisa y con una voz encantadora la chica le dijo a la
colombiana que si le pagaban los dos mil dólares diarios que habían convenido con el
contralor hasta que éste tuviera que regresar a Israel, lo que suponía cuatro o cinco días
más, ella no tenía inconveniente alguno en retirarse pero que de otro modo a falta de
mejor alternativa estaba dispuesta a acompañar al contralor incluso hasta dejarlo sentado
en el avión para que no fuera a ser que alguna otra chica alcanzara a cosechar de esa
fuente de riqueza que ella había logrado poner en marcha.
Nunca más el contralor salió del Tamanaco ni dejó por un segundo la exquisita compañía
que consiguió en el Morrison.
Walter agotó los argumentos que uno pudiera tener para tratar de convencer al contralor
de que la situación se estaba escapando de las manos y que incluso su cargo como
contralor general estaba corriendo peligro.
Al contralor nada le parecía de importancia en comparación con el manjar que jugaba en
la piscina, que lo acompañaba al dormitorio cada vez que el contralor lo consideraba
necesario y a los comedores donde se sentía muy importante acompañado de una mujer
tan maravillosamente bella.
La historia terminó como es de suponer: finalmente los israelitas regresaron a su tierra y al
contralor lo sacaron del grupo.

Años después mi hija número cuatro entró a estudiar a un colegio de religiosas muy
elegante y distinguido que queda en la Castellana, un par de cuadras más arriba del
Morrison, asunto que incomodaba a las monjas, las que hubieran querido que el barrio
donde impartían ejemplo y educación no estuviera contaminado por al presencia de ese
prestigioso antro en el que probablemente mas de una de las monjas habría querido
poder prestar servicios aunque mas no fuera que una sola descontrolada noche.

Todas las mañanas al ir a dejar a mi hija al colegio, pasábamos frente al Morrison y yo, que
nunca he sido demasiado serio a la educación de mis hijos, cuando pasábamos frente al
antro le decía a mi hija cuando seas grande quiero que trabajes en el Morrison.
Entonces, cuando en el elegante colegio cristiano donde estudiaba le preguntaban qué vas
a ser cuando seas grande, Claudita contestaba voy a trabajar en el Morrison.